miércoles, 6 de abril de 2011

La Polillazzera: Africanismo del Jazz (9)

Con mucha frecuencia, en la bibliografía de distintas publicaciones se observan nombres y autores que, además de repetirse y reiterarse como fuente de información en innumerables ediciones, estas obras – debido a la época en que fueron escritas – están prácticamente “desaparecidas” en nuestros días. Cuando por azar o por una eventualidad se tropieza con uno de estos raros ejemplares, la Polilla Jazzera que uno lleva por dentro, sabe que el “alimento” en estos casos consiste en conservar ese material y, dado la importancia del tratamiento procurado al tema desde la perspectiva histórica, la conveniencia de revisitarlo y compartirlo. De eso se trata. Otra mirada, a partir de aquella mirada. (JR)
Continuación…Como ya hemos puntualizado, no cabe la menor duda de que el “jazz” constituye una cristalización de los ingredientes melódicos, armónicos, rítmicos y tímbricos de los diversos estratos que componen la música folklórica de los negros que viven al amparo de la bandera de las cuarenta y ocho estrellas, enraizados en una tradición artística muy antigua y arraigada. Al heredar las características del cancionero folklórico afro-norteamericano, en particular de los típicos “blues”, pues, retiene también sus rasgos peculiares negros, algunos de los cuales, si no son africanos puros, tampoco constituyen un producto enteramente europeo, sino que son, como los “spirituals”, fruto de la síncresis de la vigorosa fuerza creadora de los morenos, respaldada por su profunda tradición africana, y la potencial del norteamericano.
El “jazz” es, como alguien lo dijo, híbrido, cual la población de los Estados Unidos. Constituye una especie de “gumbo” musical, escribió recientemente el folklorista Alan Lomax. Y allí reside, precisamente, la llave de su enorme fuerza artística. Resulta evidente que la música sincopada no está concebida en un idioma africano como es posible hallar, por ejemplo, en las “macumbas” afro-brasileñas (…)
Pero es indiscutible que, en especial algunas de sus formas más castizas, como el “boogie Woogie” y los “blues” – con su profunda raigambre negra y su añosa tradición – así como las mejores expresiones de la escuela de Nueva Orleáns, hablan un lenguaje en el se advierten características netamente africanas. Al analizar la música “hot”, pues, lo mismo que al estudiar todo el cancionero negro de la Unión, o de cualquier otra parte de América, es preferible guiarse por el oído, más bien que por los convencionales signos de la notación.
Por eso, los estudiosos modernos, al realizar sus investigaciones se fundan en grabaciones fonográficas, y no en las partituras, aunque, desde luego, la transcripción al papel pautado es de incuestionable utilidad. Porque sabido es que la mayor parte de las sutilezas del idioma musical de la morenada yanqui rehúyen los signos de la expresión musical escrita. No es posible registrar las infinitas gradaciones sonoras, los “glissandi”, las diversas superposiciones de planos sonoros y de ritmos, las fracciones de tono, su típico timbre. Una cosa es el “jazz” o la música negra escrito y otra bien distinta sus interpretaciones en manos de los mejores cultores, quienes saben imprimirle un relieve, un acento, un matiz, una expresión, un “swing”, que el pentagrama no puede captar.
Certeramente lo señala Herskovits, refiriéndose a las canciones afro-americanas en general: “Es esencial recordar, sin embargo, que las transcripciones, no importa lo cuidadosas y escrupulosas que sean, a pesar de su importancia, no pueden contar toda la historia de las relaciones del Nuevo Mundo con los estilos musicales del Africa.
Porque, como lo observó von Hornbostel, el problema envuelve también lo intangible de la técnica del canto y el hábito motor que acompaña a la canción, tanto como las progresiones verdaderas, que pueden ser copiadas del registro. La cuestión tiene su analogía en la ejecución del “jazz” o en los esfuerzos de las orquestas europeas cuando intentan imitar los ritmos “swing” de las Américas. Hasta el estilo de las orquestas blancas del hemisferio occidental es notoriamente distinto del de los organismos negros”. (Continúa)

Tomado de: “Estética del Jazz” de Néstor R. Ortiz Oderigo / Ricordi Americana, Buenos Aires, Argentina, 1951
Foto: Louisiana Heritage / Nueva Orleáns Jazz