jueves, 1 de octubre de 2009

La Polillazzera: La Orquesta de Jazz (2)

Con mucha frecuencia en la bibliografía de distintas publicaciones, se observan nombres y autores que, además de repetirse y reiterarse como fuente de información en innumerables ediciones, estas obras – debido a la época en que fueron escritas – están prácticamente “desaparecidas” en nuestros días. Cuando por azar o por una eventualidad se tropieza con uno de estos raros ejemplares, la Polilla jazzera que uno lleva por dentro, sabe que el “alimento” en estos casos consiste en conservar ese material y, dado la importancia del tratamiento dado al tema desde la perspectiva histórica, la conveniencia de revisitarlo y compartirlo. De eso se trata. Otra mirada, a partir de aquella mirada. (JR)

Continuación. (…) Por el carácter ambulante que tenían los primigenios conjuntos de “jazz”, el instrumental de la batería era, como hemos dicho, simple. Las fotografías de todas las primeras orquestas del género, desde Buddy Bolden en adelante, así como el famoso “drummer” Buddy, de la New York and Southern Syncopated Orquestra, que actuaba a las órdenes de Will Marion Cook, muestran un instrumental integrado por bombo, “snare”, “side drum” o caja y platillo.
Luego, cuando el “jazz” comenzó a ser conocido en el norte de los Estados Unidos y más tarde en Europa, y el factor comercial empezó a hacer sentir su peso, la batería multiplicó sus instrumentos. Fue así como hallamos en su seno bocinas, cascabeles y otros accesorios que no tenían más objeto que impresionar a la gente ignorante de los auténticos valores del arte sincopado.
También hay organismos que reemplazan los “drums” por una tabla de lavar metálica o “washboard”, que produce efectos muy rítmicos. Últimamente, se incorporó el llamado “charleston” o “high hat”, instrumento que consiste en dos platillos que se percuten al ser accionados con el pie por medio de un pedal mecánico, con el cual se marca generalmente el contratiempo al bajo del bombo. Los conjuntos “modernos” hacen uso y abuso de este recurso.
Hace poco tiempo han sido agregados asimismo varios instrumentos de percusión de las orquestas cubanas, particularmente el bongó. En este terreno, Duke Ellington es un pionero, pues ya en 1929 se sirvió de la clave xilofónica de los morenos de Cuba, adelantándose en dos décadas al afrocubanismo de los “be-boppers”, considerado “revolucionario”.
Pero la percusión ya establecida como clásica cuenta, por lo general, con un bombo, el cual se percute mediante un pedal accionado con el pie; un tam-tam, platillos, “cow bells” o cencerros y una caja, tocados con baquetas (“sticks”) o escobillas (“brushes”).
Durante mucho tiempo, la sección rítmica de la orquesta de “jazz” se vio reforzada por el instrumento más divulgado, después del tam-tam, entre los utilizados por los negros norteamericanos. Nos referimos al banjo, cordófono de ascendencia africana que constituye un genuino aporte folklórico al instrumental “hot”.
Su nombre es oriundo del continente color azabache, pues deriva del vocablo “bania” o “vania”. Thoms Jefferson, en su obra Notes on Virginia, en cuyas páginas habla de la innata musicalidad de los afroamericanos, escribe que “el instrumento propio de ellos (los negros) es el “banjar”, que han traído del Africa. Y A. B. Ellis, en su libro Land of fetish, afirma que los “jologgs” utilizaban banjos de seis cuerdas.
El instrumento primitivo, de brazo largo, contaba cuatro cuerdas, en lugar de las cinco comunes ahora, y la caja estaba cubierta de cuero de serpiente de cascabel.
Por lo general, se lo fabricaba con una gran calabaza. Su ejecución se efectúa con “plectrum” o púa.
Empleado primitivamente por los afroamericanos para acompañar sus danzas y cantos seculares, fue luego popularizado por los menestrales en su “minstrel shows” y más tarde se convirtió en el instrumento obligado de las orquestas de “jazz”.
(…) El repertorio de los “minstrel” incluía una vieja canción denominada De old banjo y el pianista Louis Moreau Gottschalk tituló Banjo a una de sus composiciones.
Por lo demás, el banjo parece haber sido un instrumento común en diversos países a los cuales fue conducido el negro, pues Stedman, en sus notas acerca de un viaje efectuado a las Guayanas, también menciona el “créole bania”, afirmando que “se parece a un mandolín o a una guitarra”. Y el inglés William Walton lo vio en Santo Domingo por el año 1810.
(…) Por las mismas razones que las primitivas agrupaciones afro-norteamericanas no empleaban piano – su actuación al aire libre, en camiones y carros de propaganda, y en “riverboats” – a veces prescindían también de la percusión. Sin embargo, es incuestionable que por la poderosa influencia que el tam-tam ha ejercido siempre en la música afroamericana y en la africana y, en particular, a causa de la gravitación de las danzas ejecutadas en Congo Square, de Nueva Orleans, la batería, en los primigenios conjuntos, tenía asignada una importancia singular, cosa que es fácil comprobar escuchando discos antiguos, en algunos de los cuales su redoble cubre, a veces, a la sección melódica, aunque en esto es indudable que de de influir mucho la imperfección del registro fonográfico de entonces.
Como ya hemos visto, esas primitivas agrupaciones no empleaban saxófonos – a pesar de la creencia de los no iniciados, en el sentido de que la creación de Antoine Joseph (Adolphe) Sax es típica del “jazz” y hasta que fue obra de los negros – instrumento que se incorporó a la música sincopada en época posterior, agregado a los demás integrantes de la sección melódica; en sustitución del trombón, tal como ocurre en las clásicas expresiones de la escuela de Chicago, o en reemplazo de la trompeta, como acontece en gran parte de los discos del conjunto encabezado por el clarinetista Jimmie Noone.
Continúa…

Tomado de: “Estética del Jazz” de Néstor R. Ortiz Oderigo / Ricordi Americana, Buenos Aires, Argentina, 1951
Foto. Jimmie Noone